Durante mucho tiempo se pensó que la persona inteligente solo era aquella que tenía facilidad para razonar, abstraer y memorizar, porque la educación tradicional se enfocaba hacia la adquisición del conocimiento, más que al desarrollo de habilidades. Afortunadamente, desde hace algunos años, se ha reconocido la existencia de otros tipos de inteligencias y entre ellas, se destacan las habilidades de desarrollo intrapersonal e interpersonal.

“Ni el carácter ni los sentimientos se pueden formar a través de la enseñanza, porque son el producto de la vida”.

Desde sus inicios, esta pedagogía ha considerado al ser humano como una unidad y también se ha ocupado de la educación de las emociones, aunque de manera indirecta, a través de estos aspectos:

La educación de la voluntad y la libre elección

Cuando la Dra. Montessori describe la formación del carácter, habla de sus componentes hereditarios y ambientales, pero también del desarrollo de la voluntad; el control del movimiento representa una forma de educarla: el niño que sirve agua de una jarra a un vaso, evitando derramarla, está realizando un esfuerzo que fortalece su voluntad.

Cada vez que ofrecemos elecciones a los niños, en lugar de decirles lo que tienen que hacer, les ayudamos a educar la voluntad. El concepto de libre elección, no se trata de que los niños hagan lo que quieran, que según Montessori representaría “traicionar el verdadero sentido de la libertad”, sino de ofrecer opciones adecuadas a la edad y posibilidades del niño.

En una ocasión atendí a los padres de una niña de tres años, interesados en la escuela donde yo trabajaba. Al final de mi explicación, dijeron que a ellos les había gustado mucho el lugar y la propuesta, pero que la decisión final estaba en manos de su hija. Este es un desafortunado ejemplo de una elección que no corresponde al nivel de desarrollo del niño.

¿Qué tipo de decisiones pueden ofrecerse a los niños pequeños? A la hora de la comida, optar por una fruta u otra (pero ambos son alimentos adecuados); a la hora de vestirse, optar por los zapatos de un color o de otro. Cuando el adulto da opciones, no trata después de convencer al niño para imponer su criterio, sino que acepta la elección del pequeño.

Los padres de Rebeca, de siete años, recibieron un reporte muy positivo de sus avances en la escuela, pero la niña se comportaba en casa de manera diferente y cuando le preguntaron la razón, ella respondió: “Es que en la escuela me dan opciones”.

La actitud frente al error

Para la Dra. Montessori el error es una realidad que no solo sucede en la vida cotidiana, hasta los científicos, a pesar de su conocimiento y precisión, deben tomarlo en cuenta.

La postura del adulto que lo sabe todo, que nunca se equivoca, pendiente de enfatizar hasta la menor equivocación del niño, debe de transformarse con humildad y comprensión, porque a pesar de que el adulto tiene mayor experiencia y por ende, más conocimientos, también se equivoca y siempre puede mejorar.

Se han comprobado los efectos físicos del estrés en el aprendizaje, por lo que podemos asegurar que el sentirse amenazado o menospreciado, repercute más allá de la esfera emocional. No solo se trata de aceptar el error con naturalidad, sino de permitir al niño identificarlo para redirigir el esfuerzo y aprovecharlo como una oportunidad de crecimiento.

Por ejemplo: si una niña está contando en voz alta y se equivoca en la secuencia: “once, doce, quince…”, solo hay que darle la oportunidad de escucharlo en orden y decir: “once, doce, trece…”, de la manera más natural posible.

El lenguaje como ayuda a la expresión de los sentimientos

La mayoría de los niños pueden comunicarse con claridad desde los tres años y  a partir de entonces, la tarea del adulto es ayudar a ampliar su vocabulario.

Para lograr una buena comunicación, es necesario responder de manera adecuada, pero también tener una actitud de escucha respetuosa. Cuando los niños van a la escuela, por ejemplo, algunos padres quieren saber todos los detalles de cada jornada y en cuanto regresan, empiezan a acribillarlos a preguntas, en lugar de dar tiempo a que él o ella, cuente de manera espontánea lo que necesita comunicar.

Cuando mis hijos eran pequeños, muchas veces me hablaban sobre las cosas interesantes que les habían sucedido en el día, un poco antes de dormir. Naturalmente, había días que la conversación  era solo sobre el tema del libro que veíamos juntos.

Hay ocasiones en que estamos con nuestros hijos, pero no les prestamos atención; aunque es algo trillado, es verdad que la calidad del acompañamiento es preferible a la cantidad de tiempo que podemos pasar con ellos.

Expresar los sentimientos no solo se trata de encontrar una palabra adecuada, sino de aceptar lo que sentimos y lo que siente el otro, en lugar de evadirlo o negarlo.

Por ejemplo: El adulto puede reaccionar de diferentes maneras cuando un niño se cae y se lastima frente a él, decir: “Levántate, no pasa nada” o “ “¿Estás bien? Si yo me hubiera tropezado como tú, posiblemente me sentiría adolorida”.

Si un niño aprende a expresar sentimientos de molestia o enojo y a pedir respeto, de manera firme pero cortés, cuando es ofendido o lastimado, será capaz de relacionarse mejor con los demás.

En la siguiente entrega seguiremos analizando el desarrollo emocional desde la mirada Montessori.

Adela Vizcaino

Departamento Pedagógico