Uno de los principales aspectos que diferencia la educación Montessori de otras pedagogías es el uso de la observación como un recurso básico para conocer las necesidades e intereses de los niños, para dar seguimiento a su desarrollo en cada una de las esferas (motora, cognitiva, emocional, social) y para encontrar solución a cualquier situación problemática que pudiera presentarse, entre otras cosas.

Desde su perspectiva médica, cuando Montessori empezó a recibir niños entre tres y seis años, en la primera Casa de los Niños, acostumbraba a pesarlos, medirlos y pedía la cooperación de las madres para que sus hijos fueran aseados a la escuela, como consta en el libro La Pedagogía Científica. Más allá de la observación física, Montessori estableció los principios educativos de su propuesta, en base a las observaciones e interpretaciones de los comportamientos de los niños, que se repitieron en diferentes países y contextos económicos. En este sentido, podemos decir que su principal tarea fue: seguir al niño, como ella misma explica en el libro Lo que deberías saber acerca de tu hijo:

 “No es verdad que yo haya inventado lo que es llamado Método Montessori, yo he estudiado al niño, he tomado lo que el niño me ha dado y expresado y eso es lo que es llamado el Método Montessori”.

Sin embargo, este acercamiento pedagógico también implica una educación personalizada, por lo que es indispensable identificar las diferencias individuales. En el ambiente escolar, el maestro o guía debe saber cuáles son las fortalezas y las áreas de oportunidad de cada uno de los alumnos y estar atento a los intereses que ellos manifiesten.

En palabras de Montessori (la observación) “Es una de las cosas de las que hablamos frecuentemente y de la que nos formamos una idea falsa o inexacta, tal vez la poca observación que se hace es el resultado de la falta de preparación para observar”.

Observar significa mucho más que mirar, recoger la verdad. La propia Montessori compara la tarea del observador, con la de un científico que debe mantenerse inmóvil frente a un telescopio, en una actitud receptiva, silenciosa, a la espera de descubrir los secretos del universo.

Así como el lugar idóneo para la observación científica es el laboratorio, el mejor lugar para observar a los niños es el ambiente, porque al ser preparado cuidadosamente, permite que se expresen con libertad.

Entre las principales dificultades para lograr una observación objetiva sobre el comportamiento de los niños, está partir de  información de hechos pasados o dejarse influenciar por posibles expectativas, ya que interfiere con la posibilidad de mirar a la persona en el presente.

El registro de lo observado es otro aspecto que debe atenderse, ya que la memoria, por más buena que pueda ser, tiende a omitir o cambiar detalles.

Uno de los criterios que ayuda a la adecuada interpretación de lo observado, es considerar que la situación se haya presentado de manera repetida; comparar los datos recabados con otro observador (en el contexto escolar lo más común es un asistente, un coordinador o director), también aporta validez.

Adela Vizcaíno

Departamento Pedagógico