“Ayúdame a hacerlo por mí mismo” Maria Montessori

Es una de las recomendaciones más conocidas de la educación Montessori, que considera la autonomía como una parte fundamental del desarrollo. Se inicia desde el momento en que el recién nacido se separa del cuerpo de la madre y empieza a realizar las funciones vitales por sí mismo.

El destete, el control de esfínteres, el caminar o el comunicarse son conquistas de los primeros años de vida. Hasta los seis años, la autonomía sigue involucrando principalmente habilidades físicas, como aprender a cuidar de la propia persona y cooperar en el cuidado del entorno.

A pesar de que es evidente que nadie puede aprender por otro, algunos adultos tienden a sobreproteger a sus hijos. La Dra. Montessori llama a este hecho sustitución y lo considera una de las principales causas del surgimiento de características negativas en el carácter de los niños, que se pueden manifestar como apatía, timidez, agresividad, rebeldía, pereza, berrinches, entre otros.

El mensaje no verbal que recibe un niño sobreprotegido es: no eres capaz, no confío en ti y por eso hago todo en tu lugar. Naturalmente, esto provoca una autoestima baja, que es posible que permanezca como un rasgo de la personalidad durante la vida adulta.

Cuando el niño adquiere las destrezas motoras por su propio esfuerzo, sin ser retrasado ni apresurado, tiende a ser precavido, porque aprende a reconocer los límites de su propio cuerpo. La mayoría de los temores de los padres sobreprotectores tienen más relación con las circunstancias personales del adulto, que con la realidad del niño.

También se limita la autonomía en los niños/as por el ritmo de vida acelerado de muchos padres o madres, que llevan en brazos a los niños que ya pueden caminar, les dan de comer en la boca cuando pueden usar los cubiertos, responden por ellos cuando alguien les pregunta algo, los lavan, los visten o los peinan. Sin embargo, si les enseñamos a realizar estas tareas y respetamos el ritmo infantil, veremos que, a la larga, la autonomía de los niños facilita la vida en familia.

Interrumpir a los niños cuando realizan una actividad con propósito también es una forma de obstaculizar su desarrollo. El/la niño/a que llena un cubo con arena, lo vacía y lo vuelve a llenar, o el/la niño/a que mete y saca ollas o sartenes de los muebles de la cocina, está practicando habilidades motoras, percibiendo texturas, pesos y tamaños; por eso, acciones tan simples como éstas, no deberían interrumpirse, ya que representan lo que Montessori llama trabajo: una experiencia en el ambiente que permite la autoconstrucción.

La repetición es un elemento indispensable para consolidar cualquier aprendizaje. De acuerdo a la doctora Montessori: “La repetición del ejercicio lleva al perfeccionamiento”, por lo que una vez que vemos que el niño está involucrado en una actividad, hay que permitir que la repita, ya que está mejorando las habilidades implicadas; a nivel cerebral, está trazando mapas y lo que no se ponga en práctica, desaparecerá.

La capacidad de enfocar la atención también permite que el niño experimente una sensación de calma y, cada vez que supera un reto, la satisfacción del logro.

Fomentar que él o ella termine una actividad y regrese los objetos a su lugar, le ayuda a establecer las funciones ejecutivas y las habilidades relacionadas con la autorregulación, otro aspecto de la autonomía.

Cada vez que interactuemos con un niño/a, recordemos otra de las frases más conocidas de MM:

“Cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo al desarrollo”

Maria Montessori

Adela Vizcaino

Departamento Pedagógico