“Trabajo y movimiento son una sola cosa. La vida del hombre, como la de la sociedad, se halla estrechamente ligada al movimiento”.

Maria Montessori

La mente absorbente, Pág. 190 México, Diana.

Hablar del ser humano y no hablar de movimiento es simplemente imposible, el movimiento es inherente a los seres vivos y en el hombre representa su propia vitalidad.

El sistema nervioso es el encargado de llevar a cabo el movimiento en toda su complejidad: a través de los nervios, se comunica la energía y el movimiento a los músculos, por lo tanto, el organismo procesa la información en el cerebro y la recoge por medio de los sentidos, que están en contacto con los músculos.

Resulta esencial  comprender que el desarrollo de la mente está conectado con el  movimiento y que depende de él; sin movimiento no hay progreso ni salud mental, el hombre se crea a partir de la experiencia  práctica y concreta en el ambiente. No se trata tanto de ejercitar los movimientos, como de adquirir coordinación.

Montessori concibe la esencia del movimiento como la encarnación funcional de la energía creadora (horme) la misma que eleva al hombre a la cumbre de su especie y que da vida a su aparato motor, que es el instrumento con el que el niño va a actuar sobre el ambiente exterior para auto construirse.

La finalidad del movimiento es en palabras de la Dra. Montessori “servir a toda la vida y la economía espiritual y universal del mundo”[1], por lo tanto no se debe considerar por separado la vida psíquica de la vida física.

 

[1] La mente absorbente, Pág. 185

La voluntad es una de las mayores expresiones de la psique y debe educarse a través del movimiento. El movimiento puede verse desde dos ángulos: como movilidad y como reflejo de la voluntad del hombre. En el método Montessori el ambiente satisface las necesidades de movimiento, que siempre cumple un propósito y está acompañado por la voluntad y la intención. La finalidad es que el niño desarrolle la coordinación de movimientos necesarios para la vida psíquica, de esta forma se enriquece y nutre la parte práctica y ejecutiva.

El movimiento es un mecanismo muy complicado y refinado, antes de nacer no hay nada preestablecido, por lo que el movimiento debe ser creado y perfeccionado por el niño a través de experiencias prácticas sobre el ambiente. Por esto es tan importante darle motivos de actividad, para que se desarrolle y construya su voluntad.

El movimiento coordinado lleva al individuo a alcanzar un fin deseado, en el recién nacido el control voluntario de su boca al succionar y la función de los músculos de la garganta que le permiten tragar y llorar), facilitan su supervivencia. Después de los nueve meses sucede lo que S. Montanaro llama una “gestación externa” en los brazos de la madre, donde el niño tiene la oportunidad de participar de un ambiente más amplio y rico, dónde recibirá una mayor cantidad de estímulos para desarrollar su potencial. La capa de grasa que cubre las fibras nerviosas se completa alrededor del primer año de edad (mielinización). El desarrollo empieza a darse en la parte superior del cuerpo y se mueve hacia abajo “cefalocaudal”; y del centro hacia la periferia “próximo distal”, las manos son las últimas en desarrollarse.

Existe un esquema preestablecido que lleva a todos los niños a desarrollarse bajo el mismo patrón de movimientos. A los doce meses de edad el niño logrará la forma más difícil de coordinación: caminar en dos pies. Para que esto ocurra, el niño atraviesa una serie de etapas: arrastrarse, caminar en cuatro extremidades (gatear) y, por último, caminar en dos pies. La Dra. Montessori escribió lo siguiente al respecto de la marcha. “El hombre es el único individuo que confía a dos de sus miembros las funciones de “deambular en equilibrio”[1]. Empujado por el instinto y el esfuerzo individual, el niño perfecciona su marcha caminando y de esta forma desarrolla sus propias funciones, el adulto debe volcarse al niño y olvidar su ritmo y sus finalidades para permitirle que fije las coordinaciones motrices que le llevarán a la conquista del equilibrio y a adquirir seguridad en su marcha.

 

[1] María Montessori “El Niño” Pág. 130 México, Diana, 1996

El niño tiene necesidad de un movimiento constructivo, se inspira en acciones que ha visto realizar a su alrededor, por lo tanto estos movimientos constructivos nacen de un cuadro psíquico, construido sobre un conocimiento; esto quiere decir que cuando el niño desea moverse, sabe primeramente lo que va a hacer y quiere por lo tanto hacer una cosa conocida que ha visto realizar; es el mismo proceso que se sucede en el lenguaje. Y es aquí donde observamos la importancia de contar con un ambiente preparado que apoye las manifestaciones superiores de los niños y que les de motivos de actividad para que pueda llegar a asumir funciones sociales complejas.

El desarrollo de las piernas y de la mano es distinto. El equilibrio y el andar son, como se menciona anteriormente, resultado de un esquema o patrón preestablecido. Contrario a esto, la función de la mano no es fija. El desarrollo de la mano se halla ligado al desarrollo de la inteligencia y como la Dra. Montessori nos dice “…cuando el hombre piensa, piensa y actúa con las manos…”, dejando vestigios de su paso a través del tiempo; nos permite reconocer su espíritu y el pensamiento de su tiempo.

Una de las primeras manifestaciones del movimiento es la de agarrar, este acto en un inicio es inconsciente, a los seis meses de edad es ya intencional. A los diez meses se inicia el verdadero ejercicio de la mano, que se expresa con el desplazamiento y el movimiento de objetos. La importancia del uso de las manos es crucial para el desarrollo de la inteligencia del niño, un niño que no se vale de sus manos alcanzará cierto nivel de inteligencia, al contrario de un niño que se sirve de sus manos tendrá un nivel más elevado y un carácter más fuerte.

Montessori nos dice: “Primero el niño debe prepararse a sí mismo y sus instrumentos, luego debe adquirir fuerzas, observar a los demás y finalmente empezar a hacer algo”[1] es aquí donde empieza la fase en la que el niño quiere hacer las cosas por sí mismo y entonces debemos de respetar ese pedido que nos hace el niño “Ayúdame a hacerlo yo mismo”

[1] María Montessori “La mente absorbente del niño” Pág. 202 México, Diana.

El niño tiene sus propias leyes del desarrollo y si queremos ayudarle a crecer debemos seguirle, no imponerle. Por lo tanto, la educación debe considerar al niño como un explorador, pues esta es una de las tendencias humanas que subyacen al movimiento: el deseo de conocer y, por medio de este interés, recibir información; aprender nuevos quehaceres que le interesen y repetirlos con exactitud para llegar a auto perfeccionarse.

Esther Vargas

Departamento Pedagógico